Elsa Valverde1
“En la tierra hay suficiente para satisfacer las necesidades de todos, pero no tanto como para satisfacer la avaricia de algunos.”
Mahatma Gandhi
¿Sabemos realmente qué es lo que consumimos? Cuando vamos al supermercado, ¿somos conscientes del origen y la procedencia de los productos que compramos? Hacerse estas preguntas es un primer paso, pero aun conociendo las respuestas no resolvemos el problema de nuestra soberanía alimentaria.
La soberanía alimentaria vendría a ser qué tanto poder tenemos sobre lo que consumimos. Esto se puede entender de dos maneras: por un lado, está el hecho de ser autosuficientes, es decir, de producir lo que consumimos libremente, a través de decisiones informadas y sin la manipulación de empresas trasnacionales; por el otro, el ser consumidores conscientes que apoyamos al productor local y aprendemos exactamente qué le damos a nuestro cuerpo para que funcione correctamente y de dónde vienen esos alimentos.
Sobre el primer punto debemos considerar la biodiversidad. Históricamente las mujeres se han encargado de sembrar y cosechar la tierra. Por medio de esos conocimientos ancestrales han mantenido vivas miles de especies de semillas y han sabido asegurar diversidad en espacios reducidos, con lo cual han asegurado la variedad en sus cosechas y, por lo tanto, una apropiada nutrición para sus familias y comunidades. En mi familia, fue mi madre la que siempre trabajó la tierra. Aún hoy a sus 65 años, ella está pendiente de los cambios lunares y mantiene una pequeña huerta detrás de su casa.


En las zonas rurales e indígenas, es común que las mujeres intercambien semillas, frutos e “hijitos”. De esta manera, se mantiene viva la tradición y la diversidad en sus huertas produciendo a lo largo del año y aprovechando los productos estacionales.
Esta práctica milenaria, que aún subsiste principalmente en zonas rurales, se ve afectada por la incorporación de pesticidas y fertilizantes químicos, así como por la siembra de semillas modificadas genéticamente por compañías gringas que han adquirido patentes que impiden su libre distribución y que, además, solo pueden ser usadas en una única cosecha. El acceso a semillas naturales y a productos libres de químicos es cada vez más difícil.
El capitalismo —al que le interesa el capital y no la vida, como dice Vandana Shiva— ha encontrado en estos espacios una oportunidad para obtener beneficios económicos. El sistema capitalista, meramente patriarcal, despoja a las mujeres de su capacidad de sembrar recortándoles sus territorios y robándoles sus semillas. La conexión entre las mujeres y la tierra, y la alegría que a estas provoca el alimentar a sus hijos e hijas, no puede ser erradicada totalmente por el sistema, pero, sin duda, puede hacerles la vida más difícil.
El monocultivo, bajo el precepto de eficacia y una mayor distribución de la riqueza, ha provocado costos incalculables a las mujeres y a las comunidades que practican la soberanía alimentaria. En la zona sur del país, donde también se ubica la finca de mi familia, predomina el monocultivo de las piñeras.
Las compañías transnacionales han producido piña en Buenos Aires desde que tengo memoria. Ahí los trabajadores son expuestos a químicos y a largas jornadas de trabajo. Un conocido trabajó en los laboratorios de la empresa por un sueldo de 200 mil colones. Esto fue hace unos 3 años, pero lo interesante es que él se consideraba afortunado porque tenía un salario mejor que el de muchos otros y sin estar bajo el sol todo el día.
El impacto ambiental y la usurpación de tierras pertenecientes a los pueblos indígenas son costos económicos y sociales que, en relación con los salarios que se perciben, dejan a la empresa endeudada con la comunidad. Shiva (2010), al respecto y sobre la soberanía alimentaria, comenta que “los monocultivos están destruyendo la biodiversidad, nuestra salud y la calidad y la diversidad de nuestra comida- nos lleva a la malnutrición tanto de aquellos que están sobrealimentados como de aquellos que no tienen acceso a los alimentos”. (p.xxiv).
Las mujeres de la Zona Sur, indígenas o no, se han mantenido firmes sembrando en espacios cada vez más reducidos y tratando de proteger sus tierras. Son los llamados “comunes” aquellos territorios en los que aún existe la autosuficiencia alimentaria. Según Larry Lohmann (2012), en estos espacios “el derecho a la subsistencia está por encima del sistema de precios y los derechos de propiedad privada.” (p. 32). Al respecto también nos dice Shiva (2010), “el monocultivo no produce más, solo controla más.” (p.xi). Increíblemente, hoy sembrar la tierra y producir lo que se consume es un mecanismo de resistencias ante un sistema dominante que homogeniza y restringe lo que consumimos.
Sobre el segundo punto, y para la gran mayoría de personas a quienes el sistema nos adoctrina, mientras ocupa nuestro tiempo en trabajos y nos obliga a vivir conglomerados bajo modelos individualistas —la paradoja de nuestros días—, es necesario que al menos haya conciencia sobre el uso de los recursos y sobre los alimentos que le damos a nuestro cuerpo, a nuestro ser.
Preferir productos empaquetados por facilidad enferma nuestros organismos. Consumir alimentos frescos que no han viajado miles de kilómetros le hace bien al cuerpo. Elegir cosechas locales, frutos propios de la zona, favorece las economías locales. Participar de pequeños colectivos donde se comparten alimentos y conocimientos le da paz al alma. Nosotros, los humanos, venimos de la tierra y sentimos su energía; comer sano y fresco nos ayuda a reconectar con ella, a ser agradecidos y a cuidarnos.
En cualquier caso, la alternativa más consciente, mientras el sistema capitalista continúe, es apostar por proyectos comunitarios. Tal como lo comentan Caffentzis y Federici, “los comunes anticapitalistas no son el punto final en la lucha para construir un mundo no capitalista, sino el medio para ello.” (p. 69). Mantener jardines comunitarios, intercambiar semillas, conocer a los distribuidores locales, todo suma en esta lucha por mantener nuestra soberanía alimentaria.
Referencias:
Caffentzis, G y Federici, S. (2015). Comunes contra y más allá del capitalismo. El Aplante, Revista de Estudios Comunitarios, 1. 51-72
Lohmann, Larry. (2012). Economía Verde. En Bonilla, N. y Del Olmo, A. (Eds). Capitalismo Verde. (pp. 9-44.) Quito, Ecuador: Estudios Ecologistas del Tercer Mundo.
Shiva, V. (2010). Staying Alive. (2ª ed.). . Introducción. (pp. X-XXIX.) New Delhi: Women Unlimited
1 Elsa Valverde, estudiante de la Maestría en Estudios Latinoamericanos, IDELA-UNA, en el marco del curso Derechos ambientales, naturaleza y lucha por los recursos.
Aportes y revisión del profesor Mauricio Álvarez M. Edición de Lic. Mariana Castillo Rojas
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